El victimismo masculino: cuando competir por el sufrimiento nos impide comprender el problema.



En los últimos años se ha vuelto muy frecuente escuchar una frase en ciertos espacios masculinos: «Los hombres sufrimos más que las mujeres.» Generalmente se presentan cifras sobre el suicidio masculino, las personas en situación de calle, las muertes por accidentes laborales o el aislamiento emocional. Y es cierto: esos problemas existen. Sería irresponsable negarlos.

Sin embargo, creo que la pregunta importante no es quién sufre más.

La verdadera pregunta es: ¿qué tipo de sociedad produce ese sufrimiento?

Cuando convertimos el dolor en una competencia, dejamos de mirar las estructuras que lo generan. Es como discutir quién se ahoga más mientras ignoramos que el barco entero se está hundiendo.

Desde mi perspectiva, vivimos en la intersección de tres grandes sistemas de dominación: el capitalismo, el patriarcado y la colonialidad. Ninguno actúa por separado. Se alimentan mutuamente y producen formas distintas de sufrimiento según el género, la clase social, la pertenencia étnica, el territorio y muchas otras condiciones.



El capitalismo nos enseña que nuestro valor depende de cuánto producimos, cuánto consumimos y cuánto competimos. Convierte la vida en rendimiento. La vulnerabilidad se vuelve un obstáculo y el descanso parece un lujo. En ese modelo, millones de personas viven precarizadas mientras una minoría concentra una enorme cantidad de riqueza y poder.

El patriarcado, por su parte, organiza la sociedad mediante jerarquías. Les enseña a los hombres que deben ser fuertes, autosuficientes, competitivos y emocionalmente impenetrables. Pedir ayuda se vive como fracaso. Mostrar miedo se interpreta como debilidad. Cuidar y dejarse cuidar se vuelve sospechoso. Muchos hombres terminan profundamente solos porque fueron educados para no depender de nadie.

Al mismo tiempo, ese mismo sistema coloca a las mujeres y a otras identidades en situaciones históricas de subordinación y de mayor exposición a múltiples formas de violencia. Por eso reconocer el sufrimiento masculino no implica negar las desigualdades que enfrentan las mujeres. Son expresiones distintas de un mismo sistema de dominación.

A esto se suma la colonialidad, que continúa organizando el mundo mediante jerarquías raciales, culturales y económicas. No todas las vidas son valoradas de la misma manera. No experimenta la violencia de la misma forma un hombre indígena, un hombre afrodescendiente, un migrante o un hombre perteneciente a una élite económica. Las desigualdades de género siempre están atravesadas por la historia, la clase social, el racismo y el legado colonial.

¿Por qué entonces algunos hombres insisten tanto en afirmar que «sufrimos más»?

Pienso que, en parte, porque resulta más sencillo pensar que el problema son las mujeres o el feminismo que cuestionar el modelo de masculinidad con el que fuimos educados y el sistema económico que nos explota. Es más cómodo sentir que nos quitaron algo que preguntarnos quién concentra realmente el poder.

La inmensa mayoría de los hombres no pertenece a las élites políticas ni económicas que gobiernan el mundo. Sin embargo, algunos discursos terminan defendiendo precisamente a esas élites, creyendo que defienden a los hombres. Y no es lo mismo.

Compartir género con quienes concentran el poder no significa compartir sus privilegios. Un trabajador precarizado tiene mucho más en común con una mujer trabajadora que con un multimillonario, aunque ambos sean hombres.

Además, existe una contradicción importante: muchos de los problemas que hoy denuncian los hombres fueron históricamente nombrados por los estudios críticos sobre las masculinidades y por los feminismos. La dificultad para expresar emociones, la obligación de ser proveedor, la violencia como forma de demostrar hombría, el aislamiento afectivo y el rechazo a pedir ayuda no surgieron por culpa del feminismo. Son consecuencias de un modelo patriarcal de masculinidad que lleva generaciones reproduciéndose.

Hay otro aspecto que suele quedar fuera de la conversación: la naturaleza.

La misma lógica que convierte a los cuerpos en recursos explotables convierte también a los bosques, los ríos, las montañas y los animales en mercancías. El ecofeminismo ha señalado desde hace décadas que existe una relación profunda entre la explotación de la naturaleza y la explotación de las personas. Ambas responden a una misma racionalidad de dominación: conquistar, controlar, extraer y acumular.

Por eso la crisis no es solamente una crisis de género. Es una crisis civilizatoria.

Necesitamos dejar de preguntarnos quién sufre más y comenzar a preguntarnos cómo construimos formas de vida que cuiden a las personas, a las comunidades y a los ecosistemas.

Reconocer el sufrimiento de los hombres no significa convertirlos en las principales víctimas de la historia. Reconocer el sufrimiento de las mujeres tampoco implica ignorar el dolor masculino.

Quizá el verdadero desafío consiste en abandonar la competencia por el sufrimiento y comprender que nadie se libera solo. Mientras sigamos defendiendo un modelo basado en la dominación, la acumulación y la explotación, seguiremos produciendo hombres profundamente solos, mujeres expuestas a múltiples violencias y un planeta cada vez más devastado.

La transformación no consiste en cambiar quién ocupa la cima de la pirámide. Consiste en preguntarnos si queremos seguir viviendo dentro de esa pirámide.

Christian Ortíz

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