Hay algo que se está moviendo en la experiencia de muchos hombres en el presente, y aunque no siempre se nombre con claridad, se percibe en la forma en que aparece el malestar: difuso, persistente, difícil de traducir en palabras precisas. No se trata únicamente de enojo o frustración, sino de una sensación más compleja de descolocación, como si las coordenadas que antes organizaban la identidad masculina hubieran perdido estabilidad sin que existan, todavía, referentes suficientemente sólidos para reemplazarlas.
Durante buena parte de la modernidad, la masculinidad operó bajo un conjunto de mandatos relativamente definidos —proveer, sostener, resistir, ejercer control emocional— que, si bien estaban inscritos en una lógica patriarcal profundamente problemática, ofrecían una estructura reconocible. La crítica a ese modelo, impulsada en gran medida por los feminismos y por distintos campos de las ciencias sociales, ha sido no solo necesaria sino urgente. Sin embargo, el desmontaje de esas formas tradicionales de masculinidad no ha ido siempre acompañado de procesos accesibles de reconfiguración subjetiva, lo que ha dejado a muchos hombres en una suerte de intemperie simbólica: sin los viejos mapas, pero también sin nuevos lenguajes suficientemente habitables.
Es precisamente en ese terreno donde comienzan a adquirir fuerza ciertos discursos contemporáneos que buscan dar sentido a esta experiencia. Entre ellos, las propuestas de Jordan Peterson han tenido una resonancia particular. Su capacidad para articular el malestar masculino, combinando elementos de psicología, filosofía moral y narrativa mítica, ha logrado conectar con una audiencia que encuentra en sus planteamientos una forma de nombrar lo que le ocurre. Este punto conviene reconocerlo con claridad: la interpelación funciona porque toca una herida real. El problema no radica en la existencia de esa herida, sino en los marcos interpretativos que se proponen para explicarla.

El símbolo frente a la realidad histórica.
En textos como «Maps of Meaning», puede observarse una estructura de pensamiento que organiza la experiencia en torno a oposiciones simbólicas de gran fuerza narrativa: orden y caos, estabilidad y amenaza, héroe y dragón. Este tipo de esquemas, influenciados en parte por la psicología analítica de Carl Jung, tienen un valor importante como herramientas interpretativas. Los arquetipos permiten dar forma a la experiencia psíquica, nombrar lo que a veces no alcanza a decirse en términos racionales y ofrecer mapas para orientarse en medio del conflicto interno.
El problema aparece cuando esos mapas se confunden con el territorio. Cuando el símbolo deja de ser una herramienta y se convierte en explicación total, la complejidad empieza a desaparecer. Procesos históricos, tensiones sociales y transformaciones culturales profundas quedan reducidos a esquemas narrativos que funcionan bien porque son claros, pero que resultan insuficientes porque simplifican demasiado.
La transformación de los roles de género, por ejemplo, no es un fenómeno unidimensional. No es solo pérdida, ni solo avance, ni solo conflicto. Es un proceso amplio, contradictorio e incómodo, que reconfigura la forma en que nos relacionamos, nos pensamos y habitamos el mundo. Sin embargo, cuando se traduce a una lógica de orden amenazado o de caos emergente, se vuelve más fácil de entender… y también más fácil de distorsionar. Ahí es donde empieza a tomar forma algo más delicado: la construcción de un enemigo.

La proyección del malestar y el esencialismo biológico.
En distintos espacios de la llamada manósfera (machosfera) —ese ecosistema digital donde circulan discursos sobre masculinidades desde posiciones frecuentemente reactivas— el malestar masculino encuentra una narrativa que le da dirección. Pero esa dirección no siempre conduce a una comprensión más profunda; muchas veces conduce hacia la identificación de culpables.
Desde perspectivas feministas, se ha cuestionado el marcado carácter esencialista de estos discursos. Al posicionar las jerarquías y los roles de género como disposiciones naturales e inamovibles, el feminismo aparece entonces como una entidad homogénea y amenazante. Las mujeres se convierten en una categoría abstracta y los cambios sociales se leen como una afrenta directa. Con eso, algo se ordena: el malestar deja de ser difuso. Tiene nombre, tiene dirección, tiene un “afuera” y, por tanto, pierde su complejidad.
Cuando todo se explica a partir de un enemigo, se deja de mirar lo que ocurre dentro. Desde la psicología profunda, esto no resulta extraño. Como planteó Carl Jung, aquello que no puede ser reconocido en la propia experiencia tiende a proyectarse. La vulnerabilidad que no se acepta se convierte en enojo. La inseguridad se transforma en rechazo. La herida, cuando no se nombra, busca otro lugar donde existir. El enemigo, en ese sentido, no es solo una construcción ideológica; es también una forma de organizar lo que no se ha podido elaborar internamente.
La trampa de la responsabilidad individual.
A esto se suma otro elemento particularmente influyente: el énfasis en la responsabilidad individual, ampliamente difundido en obras como «12 Rules for Life». Recuperar la agencia personal es importante, sobre todo en contextos donde muchas personas se sienten desbordadas. Sin embargo, cuando esta idea se presenta como explicación suficiente, corre el riesgo de dejar fuera algo fundamental: que la experiencia humana no ocurre en el vacío.
Las trayectorias individuales están atravesadas por condiciones sociales, culturales e históricas. La forma en que los hombres aprenden —o no— a relacionarse con sus emociones, con el afecto o con la vulnerabilidad no es únicamente una decisión personal; es también el resultado de procesos de socialización profundamente arraigados. Reducir el malestar a una cuestión de disciplina o de orden puede ofrecer una sensación inmediata de control, pero difícilmente alcanza para abordar aquello que no fue nombrado, acompañado o siquiera permitido en la experiencia emocional.

Ecosistemas de sentido: El caso Fearless 2026.
En los últimos años, se ha vuelto evidente que estas ideas no circulan de manera aislada. Se inscriben en redes y alianzas que les dan forma y alcance. Un ejemplo relevante es «Fearless 2026», anunciado en México como un congreso dirigido principalmente a hombres bajo la promesa de trabajar temas como liderazgo, propósito y reconstrucción de la identidad masculina.
Este tipo de espacios, en apariencia formativos, suelen estar articulados por redes que combinan desarrollo personal con influencias religiosas —particularmente de corte cristiano contemporáneo— que promueven modelos tradicionales de familia, autoridad y roles de género. Al revisar los perfiles de quienes participan, aparece un patrón: figuras mediáticas y líderes de opinión que han sostenido posturas críticas hacia los feminismos, la diversidad sexual o las políticas de igualdad, defendiendo visiones esencialistas y modelos jerárquicos de organización social. ( Ver artículo )
Cuando figuras como Jordan Peterson se insertan en estos circuitos, sus ideas no permanecen neutrales. Se articulan con discursos que dialogan con posturas conservadoras e incluso con corrientes cercanas a la ultraderecha, especialmente en su énfasis en el orden, la tradición y la crítica a los avances en materia de derechos. En ese entramado, el malestar masculino puede convertirse en un punto de entrada para narrativas que simplifican la experiencia en lugar de enriquecerla.
Hacia una masculinidad sin enemigos.
Cuando estas ideas llegan a espacios más radicalizados de la manósfera, el proceso se intensifica. Lo que en un escenario puede presentarse como reflexión matizada, en otro se convierte en mandato. Es ahí donde aparecen sus efectos más rígidos: discursos de resentimiento, rechazo a la equidad y una incapacidad profunda para construir vínculos horizontales.
Desmontar el enemigo imaginario implica sostener la incomodidad de no tener respuestas simples. Resistir la tentación de reducir lo que duele a una historia fácil de contar. Implica entender que los cambios en los roles de género no son únicamente una «pérdida», sino también una apertura —a veces confusa— hacia formas más amplias de ser y de vincularse.
El desafío más complejo es abrir la posibilidad de pensar la masculinidad(es) desde un lugar menos defensivo, más honesto y más amplio. Porque, en el fondo, no se trata afirmar estereotipos que nutren la idea de una masculinidad rígida y cerrada. Se trata de construir formas de vida que no necesiten fabricar enemigos para poder sostenerse. Se trata de hacer verdaderas críticas y propuestas para salir de la caja de la masculinidad hegemónica.
Estos autores y propuestas no son más que discursos de violencia que se encubren en un supuesto marco teórico, disfrazado de autoayuda y apoyo emocional.
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