La izquierda macha – Christian Ortíz



Hay un tipo de machismo que no grita “¡Viva el patriarcado!”, pero que lo sostiene con cada palabra, cada silencio y cada práctica cotidiana. Un machismo que no se refugia ya en los templos, en los cuarteles ni en los púlpitos, sino en los círculos intelectuales, en las asambleas, en las universidades y en los discursos que se autodenominan “de izquierda”.
Ese machismo se disfraza de conciencia social, se adorna de teoría política y se reviste de un lenguaje progresista. Pero bajo la superficie, continúa reproduciendo la misma estructura jerárquica, autoritaria y masculina que dice combatir. A este fenómeno lo llamamos la izquierda macha.

La izquierda macha habla de revolución, pero teme la revolución de las mujeres. Se pronuncia contra el capitalismo y el imperialismo, pero se resiste a mirar su propia complicidad con el patriarcado. Proclama justicia social, pero ignora la injusticia de género, el abuso simbólico o las microviolencias que ejerce dentro de sus propios espacios.
Como señaló bell hooks, “el patriarcado es una enfermedad emocional colectiva” que atraviesa todos los sistemas de pensamiento, incluso aquellos que se creen emancipadores. En su obra The Will to Change (2004), hooks advierte que muchos hombres progresistas se identifican con la crítica social, pero nunca han hecho un trabajo profundo de autoconciencia afectiva: “No basta con cambiar las estructuras si no transformamos la manera en que los hombres aprenden a sentir y a amar”.
Esa falta de autocrítica emocional es el corazón de la izquierda macha. No es un problema de ideología, sino de ética y de conciencia. Es la incapacidad de reconocer que no hay transformación posible si la revolución se construye sobre las mismas lógicas de dominación que dice combatir.


El progresismo patriarcal.


En los últimos años, diversas teóricas han señalado el peligro del progresismo patriarcal: aquel que usa el lenguaje de la igualdad y la justicia mientras mantiene intactos los privilegios masculinos.
La filósofa Zillah R. Eisenstein, en Capitalist Patriarchy and the Case for Socialist Feminism (1979), advierte que gran parte de la izquierda tradicional no ha comprendido que el patriarcado no es un apéndice del capitalismo, sino una de sus condiciones estructurales. Si no se cuestiona la masculinidad como forma de poder, la revolución social corre el riesgo de repetir la misma lógica de dominación en otro tono.
En una línea similar, Roswitha Scholz, teórica alemana de la crítica del valor, propone en su ensayo El valor es el hombre (1992) que la sociedad moderna se funda en una “disociación-valor” donde el trabajo productivo, racional y masculino se erige como medida universal, mientras el trabajo de cuidado y lo afectivo —asociado históricamente a las mujeres— queda relegado. Scholz demuestra que el patriarcado y el capitalismo están entrelazados en la propia estructura simbólica del mundo moderno, no solo en su economía.
Esa estructura simbólica también se manifiesta en la izquierda. Cuando los espacios militantes relegan a las mujeres a tareas “de apoyo”, cuando se ridiculiza el feminismo como “agenda secundaria”, o cuando se protegen a agresores “por el bien del movimiento”, lo que se está haciendo es reproducir el orden patriarcal con retórica progresista.

La izquierda macha tiene múltiples rostros:


• El dirigente carismático que se asume aliado pero acosa a sus compañeras.
• El académico que teoriza sobre Marx y Foucault, pero desestima a las autoras feministas como “no rigurosas”.
• El militante que habla de comunidad y justicia, pero ridiculiza a las mujeres que señalan una agresión.
• El colectivo que se dice inclusivo, pero donde las decisiones se toman entre varones que monopolizan la palabra.


Como plantea Robert Jensen en su ensayo Radical Feminism and the Failures of the Left (2015), “la izquierda contemporánea ha sido incapaz de reconocer que el patriarcado no es un tema cultural menor, sino la base sobre la cual se asienta toda jerarquía social”. Jensen denuncia la tendencia de muchos hombres progresistas a creer que basta con declararse feministas, sin revisar sus hábitos cotidianos de poder, su manera de ocupar el espacio y de callar otras voces.
En esa misma línea, Catharine A. MacKinnon sostiene que las relaciones entre los sexos no se comprenden sin entender el poder sexual como forma política. En Feminism Unmodified (1987) y Toward a Feminist Theory of the State (1989), MacKinnon argumenta que el patriarcado produce el deseo y la ley; no basta con reformar instituciones, sino que hay que cuestionar la forma misma en que entendemos el poder.


El espejo roto.


La izquierda macha se escuda en su supuesta superioridad moral. Cree que, por criticar al capitalismo, ha trascendido el patriarcado. Pero, como advierte bell hooks, “la conciencia política sin práctica afectiva se convierte en otra forma de dominio”.
De nada sirve enarbolar la bandera del pueblo si dentro de las organizaciones el trato hacia las mujeres sigue marcado por el desprecio, la infantilización o la invisibilización.
La izquierda no puede reclamar coherencia ética frente al poder si no revisa el poder que ejerce dentro de sí misma.
No puede hablar de libertad si no se ha liberado del control sobre el cuerpo de las mujeres.
No puede hablar de justicia mientras calla los abusos de sus propios camaradas.

¿Despatriarcalizar la izquierda?


La tarea no es menor. Despatriarcalizar la izquierda implica revisar la noción de liderazgo, repensar las formas de militancia, cuestionar el privilegio masculino y aprender a ejercer el poder de manera horizontal y cuidadora.
Implica reconocer que la revolución no puede seguir siendo narrada desde la voz masculina. Que la historia de las luchas emancipadoras está llena de mujeres borradas, de disidencias silenciadas, de saberes despreciados por no ajustarse al canon viril de la política.
Como recordaba Silvia Federici en Calibán y la bruja (2004), el capitalismo —y por extensión la modernidad política— se fundó sobre la subordinación del cuerpo femenino. No hay posibilidad de transformación sin reconocer esa herida fundacional. La despatriarcalización de la izquierda no es un “tema de mujeres”, sino una condición de posibilidad para cualquier política realmente liberadora.

El feminismo no viene a dividir la lucha, sino a radicalizarla.
No viene a fragmentar el movimiento social, sino a revelarle sus contradicciones.
Viene a recordarle a la izquierda que no hay emancipación sin cuidado, sin igualdad, sin justicia de género y sin transformación del poder.
Ser de izquierda no te absuelve del patriarcado.
Tener discurso no equivale a tener conciencia.
Y ningún proyecto liberador puede sostenerse sobre los cuerpos y las voces que calla.
La verdadera revolución será también feminista, o no será.

Hombresdespiertos.org
Christian Ortíz.

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