El congreso de ‘masculinidades’ en Guadalajara que en realidad promueve formación católica conservadora.


Fearless: espiritualidad, política y la fabricación de una masculinidad tradicional.


En Guadalajara se prepara Fearless Congress 2026, un evento que, en su promoción, apela a la crisis masculina y a la necesidad de reconstruir al hombre contemporáneo. El planteamiento podría ser pertinente si se tratara de un espacio serio de análisis. Pero al revisar su estructura —sede, aliados, ponentes y narrativa— lo que aparece no es un diálogo abierto, sino una propuesta bastante delimitada en lo ideológico.


El encuentro se realizará en el Santuario de los Mártires, uno de los espacios más emblemáticos del catolicismo en Jalisco, e incluye actividades litúrgicas dentro de su programa. La dimensión religiosa no está en segundo plano; atraviesa toda la experiencia. La cuestión no es que exista un congreso con inspiración espiritual, sino la manera en que se presenta públicamente: bajo el lenguaje de “masculinidades”, un campo que en las últimas décadas ha sido trabajado desde perspectivas críticas, interdisciplinarias y, sobre todo, abiertas a la revisión de estructuras de poder.


Aquí esa discusión prácticamente no aparece.
Lo que se perfila es un modelo de hombre con coordenadas bastante claras: liderazgo moral, centralidad de la familia tradicional, diferencia de roles entre hombres y mujeres y una lectura de la crisis masculina como pérdida de orden. Es una narrativa conocida dentro de ciertos sectores religiosos, ahora envuelta en un formato más atractivo para públicos contemporáneos.


El vínculo con Regnum Christi refuerza esta lectura. Este movimiento, históricamente ligado a los Legionarios de Cristo, ha desarrollado durante años proyectos de formación dirigidos a liderazgos juveniles y profesionales bajo una visión muy concreta de moral, autoridad y vida social. En ese contexto, la masculinidad no se explora como fenómeno complejo, sino como algo que debe encauzarse.


Ese antecedente no es menor. Los Legionarios de Cristo han estado en el centro de algunas de las controversias más graves dentro de la Iglesia católica contemporánea. Las denuncias contra su fundador, Marcial Maciel, por abuso sexual, manipulación y una estructura interna opaca, marcaron profundamente la historia de la congregación. A ello se suman cuestionamientos más amplios sobre prácticas de encubrimiento, dinámicas de poder verticales y formas de control sobre sus miembros. Aunque la institución ha pasado por procesos de revisión, ese pasado sigue siendo parte del contexto desde el cual emergen muchas de sus iniciativas.
Cuando un congreso sobre “masculinidades” se articula dentro de ese ecosistema, no puede leerse como un esfuerzo neutral o espontáneo. Hay una tradición detrás, una forma de entender la autoridad, el cuerpo, la sexualidad y el lugar de los hombres en la sociedad.


A esto se suma un episodio que no pasó desapercibido: la aparición inicial de referencias o logotipos vinculados a instancias del gobierno de Jalisco y autoridades municipales. Aunque posteriormente hubo deslindes públicos, la asociación ya había circulado. En términos de percepción, el efecto es claro: el evento buscó, o al menos permitió, una cercanía simbólica con lo institucional. En un país donde la separación entre lo público y lo religioso tiene implicaciones históricas profundas, ese gesto no es menor.



Jordan Peterson ha construido su notoriedad a partir de una crítica frontal al feminismo contemporáneo y a las políticas de identidad, con una defensa insistente del orden y la jerarquía como principios organizadores de la vida social. Su discurso conecta con audiencias que perciben las transformaciones de género como amenaza.
Eduardo Verástegui, por su parte, ha transitado abiertamente hacia el activismo político conservador, con posturas firmes contra derechos sexuales y reproductivos. Su presencia introduce un componente claramente ideológico en el evento.
En la misma línea, Christopher West y Álvaro Quesada difunden la Teología del Cuerpo, una propuesta que plantea la relación entre hombres y mujeres desde una complementariedad fija, con poco margen para cuestionamientos estructurales. Más que abrir la conversación, la encuadran.
Figuras como Patrick Reis y Father Patrick Gonyeau refuerzan el componente espiritual, mientras que perfiles como Carles Puyol funcionan en un plano simbólico: disciplina, liderazgo, éxito. No hay ahí una aportación sustantiva al debate sobre género, pero sí una imagen aspiracional del “hombre logrado”.
Incluso las voces más moderadas del cartel, como Isabel Rojas Estapé o Sara Rey, quedan insertas en una narrativa general donde el conflicto estructural —violencia, desigualdad, privilegio— apenas se roza o se evita.


El resultado es un evento coherente con su propia lógica interna, pero distante de lo que hoy se entiende por un trabajo serio sobre masculinidades. No hay aquí un esfuerzo por problematizar el poder, ni por incorporar perspectivas diversas, ni por dialogar con décadas de investigación académica. Lo que se ofrece es una orientación: una forma específica de entender lo que significa ser hombre.


Ese tipo de propuestas encuentran terreno fértil en contextos de incertidumbre. Muchos hombres atraviesan procesos de desorientación frente a los cambios sociales, afectivos y culturales. Esa experiencia es real y merece atención. El problema aparece cuando esa inquietud se canaliza hacia respuestas cerradas, que reducen la complejidad a fórmulas morales o a la nostalgia por modelos que ya han demostrado sus límites.
Ahí es donde conviene hacer una pausa.
El campo de las masculinidades —trabajado desde la academia, la intervención social y la salud mental— no busca despojar a los hombres de identidad, sino ampliar sus posibilidades. Implica revisar la relación con el poder, con la violencia, con el cuerpo, con las emociones y con otras personas. Implica también reconocer que muchas formas tradicionales de ser hombre han estado vinculadas a dinámicas de daño, tanto hacia otros como hacia uno mismo.


Frente a eso, propuestas como Fearless operan en sentido contrario: toman el lenguaje de la crisis, lo simplifican y lo reorientan hacia marcos ya conocidos, donde la respuesta está previamente definida.
En ese cruce —entre incertidumbre legítima y respuestas prefabricadas— es donde vale la pena ser críticos.
No se trata de desacreditar la espiritualidad ni la búsqueda personal. Se trata de distinguir entre espacios que abren preguntas y espacios que ya tienen todas las respuestas. Entre procesos que permiten pensar y otros que buscan alinear.
Para quienes están cuestionando su forma de ser hombres, existen otras rutas: trabajo terapéutico serio, grupos de reflexión con perspectiva de género, literatura especializada, procesos comunitarios donde se pueda hablar de violencia, afectividad, historia personal y responsabilidad sin recetas cerradas.
La conversación sobre masculinidades es demasiado importante como para reducirla a un solo marco.
Y, sobre todo, demasiado urgente como para dejarla en manos de quienes ya decidieron de antemano cómo debe ser un hombre.

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