Machismo y ultraderecha: la masculinidad como territorio político | Christian Ortíz



Hay algo que necesitamos decir con claridad: el machismo y la ultraderecha no son fenómenos aislados. No son simples coincidencias históricas ni desbordes individuales. Se sostienen mutuamente. Se necesitan. Y en tiempos de crisis, se potencian.
Cuando una sociedad atraviesa precariedad económica, violencia estructural y desconfianza institucional, lo que se activa no es solo una discusión ideológica. Se activan identidades. Se activan miedos. Se activan heridas colectivas. Y entre ellas, la identidad masculina ocupa un lugar central.
No porque “los hombres sean el problema” en abstracto, sino porque la masculinidad hegemónica ha sido históricamente construida como un dispositivo de poder.


El patriarcado como fábrica de identidad masculina.


Durante años se ha repetido que el patriarcado beneficia a los hombres. Y sí, produce privilegios. Pero reducir el análisis a esa dimensión impide ver algo más profundo: el patriarcado también moldea a los hombres como piezas funcionales a una lógica de dominio.
Raewyn Connell conceptualizó la masculinidad hegemónica como el modelo cultural que legitima la subordinación de las mujeres y establece jerarquías entre varones. Ese modelo no es neutro. Está atravesado por la exigencia de fuerza, autosuficiencia emocional, competitividad permanente y disposición al control.
Desde otra perspectiva, Pierre Bourdieu mostró cómo el orden simbólico se internaliza en el cuerpo. La dominación masculina no es solo una estructura externa; se vuelve hábito, postura, forma de relacionarse. Se aprende desde la infancia que el reconocimiento se obtiene dominando, no cuidando.
Muchos hombres crecen con la idea de que su valor depende de producir, proveer y sostener una imagen de fortaleza. La vulnerabilidad no forma parte del repertorio permitido. El fracaso económico no es solo un problema material: se vive como una fractura identitaria.
Cuando ese modelo se encuentra con crisis estructurales —desempleo, precariedad, cuestionamientos feministas, transformaciones culturales— la identidad masculina puede sentirse amenazada. Y ahí aparece un punto de inflexión.


Masculinidad, violencia y legitimación cultural.


No podemos analizar el auge de discursos autoritarios sin mirar la relación histórica entre masculinidad y violencia.
Las estadísticas globales muestran que la mayoría de los delitos violentos son cometidos por hombres. Esto no se explica por una esencia biológica, sino por procesos de socialización que asocian hombría con control, honor y capacidad de intimidación.
Rita Segato ha explicado que muchas violencias contra mujeres funcionan como actos comunicativos entre varones: demostraciones de poder ante una comunidad masculina que valida la dominación. La violencia, en ese sentido, no es irracional; es pedagógica dentro de un sistema que premia el sometimiento.
En América Latina, la romantización del hombre armado —desde la narcocultura hasta ciertas narrativas mediáticas— refuerza la idea de que el poder masculino se mide por la capacidad de ejercer fuerza. Esa pedagogía no se queda en los márgenes. Se filtra en las relaciones de pareja, en la crianza, en el lenguaje cotidiano.
El machismo no es solo un conjunto de actitudes individuales. Es una estructura que normaliza la desigualdad y reduce la empatía como virtud masculina.


La herida del privilegio y la reacción política.


En los últimos años hemos visto el avance global de movimientos ultraderechistas que incorporan abiertamente discursos antifeministas. Evidentemente no es decorativo, es frio y estratégico.
Michael Kimmel ha trabajado el concepto de “derecho agraviado”: la sensación de que algo que me pertenecía ha sido injustamente arrebatado. Para muchos hombres socializados en la centralidad patriarcal, la ampliación de derechos para mujeres y diversidades se percibe como pérdida, aunque no implique una reducción real de sus libertades.
La ultraderecha capitaliza esa percepción. Ofrece un relato simple: “Te quitaron tu lugar”. “La igualdad te perjudica”. “Recuperemos el orden”.
Jason Stanley explica que los proyectos autoritarios se sostienen sobre mitos de restauración. Prometen volver a un pasado idealizado donde las jerarquías estaban claras y el poder masculino no era cuestionado.
El machismo, entonces, se convierte en una plataforma emocional para el autoritarismo. No porque todos los hombres se identifiquen con estos movimientos, sino porque la identidad masculina tradicional ha sido entrenada para asociar autoridad con legitimidad.


Gurús de la masculinidad y radicalización digital.


En el entorno digital contemporáneo, esta dinámica adopta nuevas formas. Proliferan figuras que, bajo el discurso de superación masculina, reproducen narrativas misóginas y profundamente jerárquicas.
Promueven la idea del “macho alfa”, enseñan técnicas de manipulación emocional y presentan la empatía como debilidad. Estos discursos encuentran eco en hombres jóvenes que enfrentan precariedad laboral, soledad afectiva y falta de referentes emocionales saludables.
No se trata únicamente de influencers aislados. Es un ecosistema (machósfera) que monetiza el resentimiento y convierte la indignación en producto.
En lugar de invitar a los hombres a revisar críticamente su socialización, les ofrecen una identidad endurecida frente al cambio. En lugar de fomentar salud mental, refuerzan la idea de que la vulnerabilidad es vergonzosa.
El resultado es una masculinidad a la defensiva, cada vez más susceptible a discursos polarizantes.


Romper el pacto patriarcal...


Frente a este escenario, la transformación no puede ser solo discursiva. Necesita implicación ética.
Marcela Lagarde ha hablado del pacto patriarcal como ese entramado de silencios y complicidades que protege la dominación masculina. Romperlo implica asumir responsabilidad, incluso cuando no hemos ejercido violencia directa.
No se trata de instalar a los hombres en la culpa permanente. Se trata de reconocer que la masculinidad es una construcción histórica y, por tanto, transformable.
La ética del cuidado propuesta por Carol Gilligan ofrece una vía alternativa: ampliar la comprensión moral para incluir la interdependencia, la empatía y la corresponsabilidad como dimensiones centrales de la vida pública.
La pregunta no es si los hombres podemos adaptarse a la igualdad. La pregunta es si estamos dispuestos a revisar los cimientos identitarios que nos han definido.


Resistir desde la vida cotidiana.


En tiempos de devastación, puede parecer que todo se decide en las grandes arenas políticas. Pero la cultura también se transforma en los espacios íntimos.
Cada conversación donde se cuestiona una broma misógina.
Cada padre que asume corresponsabilidad real en el cuidado.
Cada hombre que decide trabajar su salud mental.
Cada colectivo masculino que se organiza para revisar privilegios y desmontar violencias.


La resistencia no es solo oposición frontal al autoritarismo. Es construcción activa de otras formas de habitar la masculinidad.
Si el machismo y la ultraderecha se alimentan del miedo a perder poder, la alternativa no es ofrecer una masculinidad más fuerte, sino una más consciente.
No necesitamos restaurar jerarquías para sentirnos seguros.
Necesitamos construir identidades que no dependan de la subordinación de otros.
En última instancia, la pregunta no es únicamente política. Es profundamente ética: ¿qué tipo de hombres queremos ser en un mundo que exige justicia y cuidado?
La respuesta a esa pregunta definirá no solo el futuro de las masculinidades, sino la calidad humana de nuestras sociedades.

Recomendación:

Estas reflexiones surgen de la entrevista que me realizaron para Canal 14 México, en la que abordamos el vínculo entre machismo, crisis social y el avance de discursos autoritarios en la actualidad.
Comparto a continuación el video completo para quienes deseen profundizar en la conversación y sus principales planteamientos.


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