Autocuidado sin ética: la nueva evasión masculina.

En el campo de las terapias alternativas, psicocorporales y de consumo masivo se ha normalizado una lógica de catarsis emocional intensa como si la descarga afectiva, por sí sola, fuera sinónimo de transformación psíquica. Para muchos hombres, estos procesos se convierten en una vía de regulación momentánea del malestar, pero no en un trabajo profundo sobre las estructuras que lo producen. Llorar, gritar o “sacar” la emoción no desmonta, por sí mismo, los mandatos de la masculinidad hegemónica que nos han socializado en la disociación emocional, el control, la violencia y la negación del cuidado.


Hoy sabemos que los varones llegamos a terapia cargando una herida estructural: la internalización de un modelo heteropatriarcal que nos separa del cuerpo, del afecto y de la interdependencia, y que al mismo tiempo nos posiciona como sujetos de poder y potenciales agentes de daño. Sin una lectura de género, la terapia corre el riesgo de convertirse en un espacio de recentralización narcisista del yo, donde el objetivo es sentirse mejor sin cuestionar cómo ese yo ha sido construido ni a costa de quién.
Una psicoterapia con varones no puede limitarse al alivio individual del síntoma. Necesita incorporar una dimensión ética, vincular y política: pasar del “yo me sano” al “yo me responsabilizo”. No se trata solo de habitar un yo más consciente, sino de construir un nosotros que implique corresponsabilidad afectiva, revisión de privilegios, reparación del daño y compromiso con vínculos no violentos. Cuando la terapia se reduce al autocuidado despolitizado, deja de ser un espacio de transformación y se convierte en un spa emocional funcional al mismo sistema que dice cuestionar.

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