La defensa de la “familia tradicional” suele venir de personajes cuya vida personal está muy lejos de ese ideal que pretenden imponer. Donald Trump, con múltiples matrimonios, infidelidades y vínculos sociales incómodos como el caso Epstein; Elon Musk, predicando valores familiares mientras tiene hijos con distintas mujeres, relaciones fragmentadas y conductas misóginas normalizadas; Javier Milei, presidente de Argentina, portavoz de ideas profamilia y orden moral sin tener familia propia, pero dispuesto a invertir recursos emocionales, simbólicos y económicos en la clonación de sus perros; Eduardo Verástegui, activista profamilia desde el celibato permanente, sin pareja ni familia propia, pero con autoridad moral para decirle a otros cómo vivir; y Agustín Laje, uno de los principales ideólogos antiderechos, sin experiencia de vida familiar —sin matrimonio ni hijos— pero obsesionado con regular las familias, los cuerpos y las sexualidades ajenas.
El patrón es claro: no hablan desde la experiencia, hablan desde el control. No defienden la familia como espacio de cuidado, corresponsabilidad y afecto, sino como una herramienta ideológica para imponer orden, jerarquía y obediencia. La “familia tradicional” que enarbolan no es un proyecto vivido: es un discurso útil para ejercer poder sobre la vida de los demás.
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