En los últimos años hemos sido testigos de un fenómeno que inquieta a educadores, terapeutas, activistas y analistas sociales: un número creciente de adolescentes y jóvenes, particularmente varones, están mostrando simpatía —cuando no adhesión abierta— hacia discursos de derecha radical y ultraderecha. Esta inclinación no puede explicarse solo desde la política electoral o la coyuntura mediática; requiere una lectura más profunda que articule género, subjetividad, economía emocional y ecología digital.
No estamos frente a un simple “giro ideológico”, sino ante una crisis de sentido masculino que está siendo capitalizada por proyectos autoritarios.

La herida narcisista de la masculinidad.
Las juventudes masculinas de hoy crecieron en un mundo distinto al que fue prometido a sus padres y abuelos. El guion tradicional de la masculinidad —ser proveedor, tener autoridad, ejercer dominio simbólico— se ha resquebrajado. No porque haya desaparecido el privilegio masculino, sino porque ha sido cuestionado éticamente, visibilizado políticamente y confrontado por los feminismos y las luchas por la diversidad.
Muchos jóvenes varones viven este proceso no como una oportunidad de transformación, sino como una pérdida identitaria. Se sienten desorientados, descolocados, incluso humillados. No saben quiénes son cuando ya no pueden apoyarse en la superioridad automática que antes les otorgaba el género. Esta experiencia subjetiva de caída —aunque no corresponda a una pérdida real de poder— es profundamente dolorosa y se vive como una injusticia.
Aquí emerge una emoción política clave: el resentimiento.
La manosfera como escuela afectiva del autoritarismo
En este vacío simbólico entra con fuerza la llamada manosfera o machósfera: un ecosistema digital compuesto por influencers, coaches de seducción, gurús de la “masculinidad alfa”, foros misóginos, canales de YouTube, podcasts y cuentas de TikTok que ofrecen una narrativa simple y seductora:
...“No estás mal tú. El mundo está mal contigo.
No eres débil: te han quitado tu lugar.
No estás confundido: te están oprimiendo las mujeres, el feminismo, lo woke, los progres.”
Esta red no solo distribuye ideas; produce subjetividades. Funciona como una pedagogía emocional que enseña a los jóvenes varones a transformar la frustración en odio, la tristeza en desprecio y la vulnerabilidad en violencia simbólica. Se trata de una auténtica alfabetización afectiva en clave autoritaria.
La ultraderecha ha entendido esto mejor que nadie. Ha dejado de hablar solo en términos económicos o nacionalistas y ha comenzado a hablarle directamente al dolor masculino, prometiendo:
Restauración del orden perdido.
Reafirmación de jerarquías de género.
Castigo a quienes “amenazan” la identidad masculina.
La política se convierte así en una terapia fallida para hombres heridos.

De la crisis al proyecto político.
Lo que empieza como un conflicto íntimo —sentirse insuficiente, no deseado, no reconocido— se convierte, gracias a estos discursos, en una narrativa colectiva: “Somos una generación traicionada”. La ultraderecha ofrece una salida emocionalmente clara: culpables identificables (mujeres, personas LGBT+, migrantes, feministas, intelectuales críticos) y héroes simplificados (el hombre fuerte, el líder autoritario, el padre severo de la nación).
Este desplazamiento es crucial: la angustia deja de ser una pregunta por uno mismo y se transforma en una acusación contra el otro. Así, el sufrimiento masculino no se trabaja; se militariza.
Algoritmos, mercado y radicalización suave
No podemos ignorar el papel de las plataformas digitales. Los algoritmos no promueven necesariamente la verdad, sino la intensidad emocional. Y pocos contenidos generan más engagement que aquellos que apelan al enojo, la humillación y la sensación de amenaza.
Un joven que empieza viendo videos sobre “cómo ser más seguro” puede terminar, en pocos meses, consumiendo discursos abiertamente misóginos, antifeministas y autoritarios. No porque sea extremista de origen, sino porque el sistema lo empuja suavemente hacia la radicalización.
La ultraderecha ya no necesita mítines masivos: tiene feeds personalizados de resentimiento.
Perspectiva de género: más allá de la demonización.
Un análisis con perspectiva de género no puede quedarse en la condena moral de estos jóvenes. Tampoco en la romantización de su dolor. Se trata de comprender una verdad incómoda:
muchos hombres jóvenes están sufriendo, pero están siendo educados para convertir ese sufrimiento en dominación.
Aquí se juega una disputa central:
¿Quién acompaña hoy emocionalmente a los varones adolescentes?
¿Quién les enseña a habitar la fragilidad sin vergüenza?
¿Quién les ofrece modelos de masculinidad que no se basen en la violencia ni en la nostalgia del poder perdido?
Si la única respuesta que encuentran es la manosfera y la ultraderecha, no sorprende el resultado.
El avance de las ideas de derecha radical entre los hombres jóvenes no es solo un problema político: es un síntoma civilizatorio. Habla de una sociedad que ha sido capaz de cuestionar estructuras injustas, pero no siempre ha sabido acompañar los duelos subjetivos que esos cambios provocan.
La tarea urgente no es “recuperar” a los jóvenes para una ideología, sino ofrecerles una ética de la masculinidad(es) que no esté fundada en la superioridad, el miedo ni la revancha. Necesitamos pedagogías emocionales alternativas, narrativas que legitimen la vulnerabilidad, espacios donde los hombres puedan resignificar su identidad sin recurrir al autoritarismo.
Porque, en el fondo, lo que hoy está en juego no es solo el rumbo político de una generación, sino algo más profundo:
si la herida masculina será elaborada o convertida en arma.
Christian Ortíz.
Hombre Despiertos.
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