El meme y la normalización de la crueldad.



El meme ha llegado a convertirse en una de las formas de comunicación más veloces, expansivas y poderosas de la era digital. Su aparente simplicidad —una imagen, una frase, una broma— esconde un trasfondo social complejo. Es el nuevo vox populi, una manifestación de la voz popular que condensa en segundos lo que antes requería columnas enteras de opinión o largos debates. El meme traduce lo político en un chiste, lo trágico en ironía, lo doloroso en entretenimiento.


Su potencia radica en que surge desde la creación popular, desde la colectividad que produce, adapta y reinterpreta sin cesar. Pero esa misma potencia lo hace fácilmente instrumentalizable. Lo que comenzó como un proceso creativo espontáneo termina, en muchas ocasiones, sirviendo sin darse cuenta a agendas políticas y mediáticas. La burla hacia ciertos grupos, la deshumanización del adversario, la ridiculización del dolor ajeno: todo puede camuflarse en el terreno aparentemente inofensivo del humor.
Ahí se encuentra el riesgo. El meme no solo comunica: normaliza. A fuerza de repetición y de consumo acrítico, se instala una narrativa donde el sufrimiento se trivializa y la crueldad se convierte en espectáculo. Lo que debería indignarnos se convierte en motivo de risa; lo que debería llevarnos a reflexionar se traduce en ligereza. Se nos entrena, poco a poco, a no sentir.


De esta forma, el meme se vuelve un instrumento cultural que contribuye a la anestesia social. No porque el humor sea dañino en sí mismo, sino porque en contextos de violencia, desigualdad y crisis, la burla puede ser una herramienta de evasión que refuerza lo que supuestamente cuestiona. Al reír, dejamos de ver la herida. Al compartir, participamos en la reproducción de narrativas que, sin notarlo, favorecen a quienes desean mantener intactos los sistemas de crueldad.


El eje central que debemos recordar es claro: no te acostumbres, no normalices la crueldad como forma de vida. El meme puede ser un acto de resistencia, un modo de denunciar y abrir grietas en el discurso dominante. Pero también puede ser un vehículo de manipulación y de insensibilización. La diferencia no está en el formato, sino en la conciencia con la que lo producimos y lo consumimos.


Por eso, urge reapropiarnos del meme como herramienta crítica. No basta con detectar su uso manipulador; necesitamos darle un sentido contrahegemónico. El meme puede ridiculizar al poder, puede exhibir la violencia estructural, puede poner en evidencia las contradicciones del discurso oficial. Puede, en suma, convertirse en una forma de memoria colectiva y resistencia cultural.


En tiempos donde la crueldad amenaza con instalarse como normalidad, el desafío está en no dejar que el humor nos adormezca, sino que nos despierte.

Christian Ortíz
hombresdespiertos.org


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